4 de julio de 2011

Cómo emocionar a una rubia tonta en un solo MMS





Este sábado, él tuvo el precioso detalle de hacerme sentir que estaba en el desfile del Orgullo Gay, en Madrid. La primera vez fuimos juntos. Hemos compartido muchas primeras veces, para bien y para mal. Entonces, nos subimos a un autobús desde Salamanca y disfrutamos como dos provincianos desacomplejados, llenos de asombro y emoción.

Con el paso de los años, solo una o dos líneas de Metro bastaban para unirse a la fiesta, cada vez más y mejor acompañados. Recuerdo cómo en aquellas ocasiones me esforzaba por dejar claro que era heterosexual, simplemente por el empeño en demostrar -como hice en el I Congreso sobre Homosexualidad, Transexualidad y Bisexualidad organizado por la Universidad de Salamanca-, que en aquella fiesta reivindicativa no estaban solos. Que no se congregaban únicamente los que tenían algo que perder o algo que ganar: la igualdad de cada ciudadano es asunto de todos. Y todos ganamos o perdemos en función de las victorias o las derrotas de unos pocos.

Hoy, sé que cada vez son más los heterosexuales que se unen al desfile, y que lo hacen para pasarlo bien y desinhibirse impunemente en una tórrida tarde de verano que invita a ello. [Hoy, también sé que, tal como exigí en su momento, la siguiente edición de aquel congreso incluía la 'Heterosexualidad' en su título] Pero lo hacen porque sienten que esa es también su lucha. Y aunque no reside en mí mérito alguno, tampoco puedo evitar un cierto escalofrío de orgullo... nunca mejor dicho.

Sin embargo, un día me cansé de darle infinitas oportunidades a una ciudad de la que siempre estuve enamorada y que, sin embargo, nunca quiso corresponderme. Entonces, giré violentamente el timón y puse rumbo a un Norte que me había sido, hasta entonces, más bien ajeno. Aquí tampoco he encontrado, al menos por el momento, un amor correspondido, pero deja caer, de vez en cuando, alguna caricia reconfortante: una ocupación que me hace sentir útil, unos minutos de sosiego cada día...

Este sábado, sin saberlo -aunque conociendo lo insoportablemente emotiva que soy, se lo habrá imaginado-, él consiguió que me emocionase... y hasta que soltase alguna lagrimilla, desdibujando ante mí el paisaje de tierra, agua, bosque y paz que quise cambiar, en aquel instante, por el asfalto recalentado, el tumulto y el tubo de escape. Este sábado, mientras él pasaba calor en algún punto entre la Puerta de Alcalá y la Plaza de España, y yo sudaba y me magullaba entre las rocas de algún río asturiano, me sobraban las ganas de abrazarle y bailar con él como no lo hago con nadie. 

Este sábado, sonó una alerta en mi móvil y consiguió que los 600 kilómetros que habitualmente nos separan se redujeran a nada, para unirnos en la distancia... aunque siempre estamos unidos, aun en esos raros momentos en los que no le echo de menos. Este sábado, mi mejor amigo -por muy infantil que sea la etiqueta- trascendió las diferencias políticas, que son menos de las que él piensa, y me mandó una fotografía llena de arcoíris y magenta. No hizo falta texto accesorio o protocolario. Porque hemos alcanzado ese punto de telepatía máxima. Porque él me quería allí, porque yo quería estar y los dos lo sabíamos sin necesidad de decírnoslo.

Fdo.: La ñoña de España que sigue buscando su lugar en el mundo